Por definición, el título de este artículo se debería considerar una contradicción, un oxímoron, o simplemente un error pues la palabra “vivienda”, del latín, vivenda  significa ‘cosas con que o en que se ha de vivir’. Vamos, que si una casa está abandonada deja de ser una vivienda. No obstante, en las últimas décadas, un movimiento le ha dado sentido a esta antítesis semántica y se ha hecho hueco entre las nuevas formas de expresión y de ocio: la exploración de lugares abandonados. Y de entre ellos, la vivienda, claro, es una de sus principales manifestaciones. En este artículo haremos un breve recorrido por este fenómeno a partir de algunos de los artistas referentes del urbex o la infiltración, como son conocidos.

Vaya por delante que, desde Viviendea, compartimos el sentido etimológico de la palabra vivienda, sin embargo no podemos ser ajenos a un tipo de arte sedicioso, irreverente, rebelde, a veces, incluso ilegal (¿pero cuándo ha estado sometido el arte a la legalidad?) que, por otro lado, nos resulta tan sugerente, tan irresistible… Nos encontraríamos ante la última vanguardia del siglo XX según Mario Perniola, la de los situacionistas. La psicogeografía dotó de contenido a este movimiento anti establishment y la deriva de Guy E. Debord la popularizó. Walter Benjamin adoptó este concepto baudeleriano del pasear sin rumbo alguno añadiendo el sentido del observador urbano moderno.

Desde la decadente “superación del arte” el explorador urbano, y más aún el explorador de propiedades privadas abandonadas, debe afrontar los riesgos físicos que comporta acceder a este tipo de construcciones (en el menor de las ocasiones, por puertas o ventanas) y asumir las consecuencias en caso de ser descubierto por las autoridades o denunciado por los vecinos. Susan Sontag ya advirtió en 1977 que el fotógrafo se había convertido en el ‘flâneur’ (mocasín) contemporáneo, “una versión armada del paseante solitario que explora, acecha, cruza el infierno urbano”.

Como en todo análisis coetáneo, es aventurado establecer una relación de nombres máxime cuando se trata, en muchos casos de arte anónimo, pero sería incomprensible este movimiento sin los trabajos del grupo de derivas de Santiago de Chile o los exploradores de Sao Paulo Espacio Lixo. Por otro lado, son miles los exploradores urbanos que, gracias a la fotografía digital, exhiben sus proyectos en la red así que ofrecemos a continuación un listado de ejemplos que pueden no ser los más reconocidos ni los más prolíficos pero sí son algunos de los autores imprescindibles que han respetado el sentido del movimiento y, por supuesto, que han dedicado gran parte de su obra a lo que hoy nos ocupa: la vivienda abandonada.

Jordi Meow es el autor de Abandoned Japan, uno de los blogs de referencia en el que se puden encontrar obras irrecuperables (por haberse rehabilitado, como el New Sky Building), edificios de vida breve (como los construidos en la década de 1940 para los mineros de Little Matsuo) o casas futuristas como las diseñadas por Matti Suuronen en mitad del bosque.

Kai Fagerström, el recurrente ganador del prestigioso concurso de fotografía OMS, rompe el recurso habitual de la naturaleza muerta de los exploradores dejando que se cuelen a sus instantáneas pequeños inquilinos que aportan una lírica inédita al reportaje realizado en un bosque finlandés o incorporando personajes a la Maison Boom, la Sacrifice o en el belga Chateau R.

Dani Gil nos acerca a su Última visita con la cafetera aún sobre los fogones de la Villa Allenatore. La Mansión de la bailarina, la del gato negro o la del terrateniente son otros de los ejemplos habitacionales que la cámara de este “husmeador de lo sucio y abandonado” ha retratado en la última década.

Jordi Coll o la sensible huella rescatada del obturador de Abandono y decadencia. Los proyectos son aquí aún más que reportajes fotográficos. El autor valenciano se rodea de la pluma (o de la música o de los fotomontajes) de otros artistas que fantasean -o no- sobre las otras historias residentes en cada uno de los lugares abandonados. (flickr).

Agustí Hernández es el último representante que queremos destacar en estas líneas pese a que su obra se aleja de las máximas que han originado este artículo. Pobles abandonats, sin embargo, se ha convertido en un referente para los exploradores de lugares abandonados y en un notario de la España vaciada en la que se alojan centenares de viviendas que pierden su sentido etimológico.